Herencia Conventual Poblana
El rompope poblano, una bebida cremosa y especiada, es mucho más que un simple licor; es un símbolo de Puebla y un legado de la tradición conventual mexicana. Su exquisito sabor, resultado de una cuidadosa combinación de ingredientes, lo ha convertido en un imprescindible en celebraciones y un tesoro culinario artesanal.
El rompope poblano, originario del siglo XVII, es una bebida dulce y ligeramente alcohólica elaborada con leche, yemas de huevo, azúcar, canela y aguardiente. Su textura espesa y su distintivo color amarillo pálido lo diferencian de otros licores tradicionales, mientras que su aroma evoca la repostería de antaño y las cocinas conventuales. Aunque su consumo se ha extendido a diversas regiones de México, su identidad permanece intrínsecamente ligada a Puebla, donde nació como una creación esmerada destinada tanto al disfrute como al sustento económico de las comunidades religiosas.
La historia del rompope poblano se remonta al Convento de Santa Clara, en la ciudad de Puebla. Según la tradición, las monjas clarisas fueron las artífices de esta receta, quienes hábilmente aprovecharon los ingredientes disponibles en la región y sus conocimientos culinarios heredados de Europa, adaptándolos al contexto novohispano. El uso abundante de yemas de huevo no era fortuito; en los conventos, las claras se empleaban para clarificar vinos o elaborar dulces, dejando un excedente de yemas que encontraron una nueva vida en esta bebida única.
El rompope poblano destaca por su equilibrio armonioso. La leche aporta suavidad, las yemas contribuyen al cuerpo y color, la canela añade una profundidad aromática, y el alcohol actúa como conservante y potenciador del sabor. Esta combinación magistral de ingredientes y técnicas convirtió al rompope en una bebida apreciada, cuyo éxito permitió apoyar económicamente al convento y, con el tiempo, trascender sus muros para deleitar a generaciones de mexicanos.



